
Sin saber muy bien qué escribir, y mucho menos a quien, se preguntó si un blog con el que dar rienda suelta a un caudal de emociones agazapadas no sería mucho más que una idea pasajera; un capricho temporal hasta sentirse mejor, más fuerte y más seguro.
Poco a poco esa ventana abierta a un mundo de personas tan anónimas como reales se fue convirtiendo en la voz de todo aquello que después de 28 años no puede pronunciarse abiertamente sin el temor a ser discriminado, y juzgado por un jurado que impone una condena social; una pena que pesa mucho más que la propia enfermedad.
Compartir su historia no sólo fue una terapia de autoayuda, sino que con el paso del tiempo sirvió para ayudar a gente que pasa por las mismas circunstancias; los seguidores, comentarios en los post, y los e-mails en su bandeja de entrada, eran ya motivo más que suficiente como para que ese proyecto cobrara forma y tuviera un auténtico sentido.
Ese joven es el autor de este post, y de todos los de este blog. Gracias a esa idea que tuve hace un año he tenido la suerte de conocer personas cada vez más reales y menos anónimas. En un día como este, en el que se nos recuerda más como cifras que como a personas, quiero rendir un pequeño homenaje a todos aquellos que seguís este blog, que me animáis en mayor o menor medida con vuestros comentarios, vuestro ánimo, y vuestra amistad.
Hoy los medios hablarán de los 33,4 millones de personas afectadas por el VIH que parecen no tener nombre, ni cara, ni voz, ni alma. Gracias a este blog, yo he tenido la suerte de conocer unos pocos; todos con nombre y apellidos, muchos con cara, unos pocos incluso con voz, pero todos ellos con alma. Porque detrás de las cifras y las estadísticas que sirven para redactar titulares, hay una historia; una verdad que puede ser parecida o no a la de otros tantos, pero para cada uno, la única.
Este es mi pequeño homenaje, y mi agradecimiento a todos aquellos que a través de este blog me habéis regalado un pedacito de vuestra alma en el año más difícil de mi vida.