Son públicas, están de moda, y forman parte de la actualidad informativa; la lista de los más ricos del mundo, de las actrices mejor pagadas, de los hombres más sexys, de las peor vestidas, de las más elegantes, etc. Hay listas para todos los gustos, y a más de uno le robaría horas de sueño pertenecer o ser excluido de alguna de ellas.
Y además de éstas que nos divierten y amenizan los contenidos en los medios, cada cual tiene sus propias listas internas; alguna que no nos importaría revelar; como nuestra lista de sueños, y otras que guardamos en nuestra más recelosa intimidad, esa que nos supone un cierto pudor confesar; la lista de miedos.
En un intento de desnudar mi interior estaría dispuesto a revelar algunos de ellos, desde los más superficiales, como el miedo a engordar, a no gustarme frente al espejo, u otros más profundos; como el miedo a perder a un ser querido, a la soledad, o a no sentirme sano. Quizás este último, y dadas las circunstancias, ha cobrado más importancia en mi lista personal de miedos.
Y en esta andadura que inicié casi hace un año, he podido ser testigo o más bien lector, de algunas listas de miedos, que ni a mí se me hubiesen ocurrido, y que podría incorporar a la mía como “miedos nuevos”.
Sin el mínimo ánimo de juzgar, pues cada cual se enfrenta a esta batalla según sus circunstancias y su estado de ánimo, he descubierto algunos “miedos nuevos” muy interesantes, como por ejemplo: “voy a vivir menos años que los demás”, como si el resto de la humanidad hubiese firmado un pacto con la inmortalidad, o “tendré cambios físicos en mi cara y en mi cuerpo”, como si fuésemos a conservar la belleza eterna, o “sufriré efectos secundarios con el tratamiento que me causarán otras enfermedades”, como si tuviésemos opción de decidir SÍ o NO a la medicación, lo cual sería algo así como decidir entre VIVIR o MORIR.
Y es normal que cada cual tenga su lista de miedos, y más aún que la convirtamos en una lista interminable ante una noticia así. Y es que es más fácil y más cómodo compadecerse a uno mismo, sentarse a llorar, ver la vida pasar, y sentirse una víctima del mundo, que nada de esto se ha buscado, y que tampoco lo merece, como si alguno mereciese o no una enfermedad.
Quizás sería más productivo, que en lugar de pensar en añadir un miedo más a tu lista, le añadas un motivo por el cual vale la pena sentirse VIVO y ser FELIZ: WAKE UP!!
A dos meses de celebrar mi primer aniversario con ese ser indeseable y siempre sorprendente que un buen día decidió por voluntad propia habitar en mí, puedo decir que continuo aprendiendo a vivir con él, o más bien, vivo aprendiendo a vivir con él.
Un aprendizaje que a veces me resulta infinito, interminable, eterno, pero necesario. Es curioso como cuando crees que vuelves a retomar el control de tu vida, surge una circunstancia nueva e imprevisible con la que uno no contaba; situaciones que se presentan amenazantes; muchas veces provocadas desde la propia susceptibilidad, o de un estado donde la sensibilidad se encuentra a flor de piel.
Recuerdo como cuando recibí mi diagnóstico pensé que encontraría libros de autoayuda referidos al VIH, en los que encontrar una mínima dosis de consuelo, que hubiese sido bien recibida por poca que fuese.
En una búsqueda a la que ya hace tiempo renuncié, me sorprendió la variada oferta que psicólogos, psicoanalistas, y médicos ponen en manos del lector; sobrevivir al cáncer, vencer la anorexia, la depresión, convivir con el alzheimer, superar la muerte de un ser querido, una ruptura sentimental, y un largo etcétera.
Con este abanico tan amplio llegué incluso a preguntarme qué sentido tendría acudir a una consulta o acomodarse en el diván de un psicólogo, cuando uno podría abandonarse a la lectura en el sofá de su casa con la esperanza de sentirse mejor.
No obstante me resultó curioso no encontrar ni un solo título referido a la pandemia que más millones de víctimas mortales se ha cobrado en todo el mundo. No es necesario una tesis doctoral pero al menos los cuatro consejos básicos de un experto en el tema; cómo aceptar el diagnóstico, a quién debo contarlo, la adherencia al tratamiento, o como practicar el sexo con VIH.
Quizás, aunque existiesen en las librerías, muy pocos – entre los que posiblemente no estaría – tendríamos el valor de pasar por caja con uno de estos libros en la mano, temiendo la mirada intimidatoria del vendedor, o el miedo de que alguien pudiese habernos visto tomando uno de estos libros, o siquiera ojearlos.
Estarían muy lejos de darnos una solución definitiva, pero al menos ayudarían en este largo e interminable camino de aprender viviendo. No os hagáis ilusiones, los de esta imagen, o no existen o yo no he tenido la suerte de encontrarlos. Como se suele decir en las películas: “cualquier parecido con la realidad es pura casualidad.”
Después de siete de meses de fiel compañía cada noche, podré prescindir de ellas. Y es que aunque esté muy lejos de la cura definitiva soñada, y tampoco suponga un antes y un después decisivo - más bien debería considerarlo una continuidad eterna - alivia bastante saber que por el momento un sólo medicamento me permitirá mantener a raya a ese ser malévolo y travieso que entró en mi vida y en mi cuerpo sin pedir permiso. Sin ni siquiera llamar a la puerta.
Hasta creo que me sentiré extraño cuando esta noche, habituado desde hace más de medio año a no rendirme a los brazos de Morfeo sin antes llevarme a la boca ese par de “golosinas” diarias, me sea suficiente con una única pastilla, que según mi médico, es un cóctel combinado de las dos anteriores, algo así como el Cosmopolitan de las chicas de Sexo en Nueva York, que también se toma sin masticar, sólo que éste de un sólo trago, y sin sabor alguno.
Es curioso pero uno tiene una sensación de grata satisfacción sabiendo que, aunque sea la misma composición, tomará un medicamento en lugar de dos. Es como una especie de evolución favorable, que al menos psicológicamente te hace sentir más sano, como si la terapia de choque haya sido una prueba superada que ha pasado a la historia, y el premio por haber vencido la prueba sea esta nueva y única pastilla
Hasta por su color rosáceo podría confundirse con un dulce caramelo. Seguro que con su mirada siempre positiva, el protagonista de La Vida es Bella, Roberto Benigni, imaginaría que se trata de la última recompensa del día; la golosina con la que se premia a un niño que ha sido bueno.
Con los mismos nervios y la misma tensión que un estudiante espera recibir la nota de su examen de carrera más importante, así me enfrentaba yo a la última consulta médica. Después de siete meses de estricto cumplimiento con el tratamiento, y de adherencia total a éste, esperaba que la palabra mágica “indetectable” saliese de la voz de mi médico.
Y por fin la escuché: “indetectable”; me sonó a música celestial, a melodía sinfónica. Ni las Cuatro Estaciones de Vivaldi, ni el canto de un ruiseñor se pudo comparar a la sensación que me produjo escuchar esa palabra pronunciada por el doctor. Casi sin darme cuenta una sonrisa se dibujó en mis labios nada más oírla.
“Indetectable” significa que la cantidad de virus en mi sangre es tan mínima que ni los análisis pueden detectarla. Y significa que las más de doscientas noches sin olvidar tomar mi medicación no han sido en vano, que gracias a mi cita diaria nocturna con el tratamiento he conseguido minimizar al máximo la existencia de ese “bichito” circulando por mi sangre.
Sé que no he ganado la guerra, pero sí una batalla. Y como en toda batalla, la victoria no es sólo responsabilidad de un soldado, sino de todo un ejército. Y mi ejército se compone por todas aquellas personas que me han dado fuerzas y me han apoyado con su amor y su amistad.
La primera de todas, mi madre, que me acompañaba por primera vez a la última consulta y recibía conmigo la buena noticia de que el virus se ha negativizado. Aunque no vayas a leer estas palabras, gracias mamá por estar a mi lado, y seguir queriéndome igual o más que siempre. Gracias por no fallarme NUNCA.
A ti, que me lees, pero más me escuchas, GRACIAS en mayúsculas por hacerme sentir especial y único. Es difícil plasmar en palabras mi agradecimiento por tu admirable comprensión y tu infinita paciencia. Por tus cuentos a oscuras, por tu derroche de ternura, y por seguir viéndome como el chico de la camisa negra que un día se cruzó en tu camino. Ti amo.
A una gran amiga que recibía conmigo la noticia aquel fatídico 6 de noviembre de 2008, que nunca olvidaremos. Gracias por abrirme tus brazos ante la sorpresa, el miedo y el desconcierto. Gracias por tu amistad, tu consuelo. Gracias por ser mi cómplice, por escucharme, y por preocuparte. Te quiero.
Gracias a mi mejor amigo; por seguir haciéndome reír con su humor sarcástico, su ironía ante la vida, su aparente frivolidad, y su sensibilidad oculta. Gracias por afrontar todo esto con tanta naturalidad, por seguir mirándome con los mismos ojos de siempre. Es cierto, el que tiene un amigo tiene un tesoro, y yo tuve la suerte de ser el pirata que te descubrió.
Y por último, gracias a uno de mis primeros lectores. En tu distancia y en tu cercanía encontré mucha de la fuerza que necesitaba para avanzar ante la adversidad. Te convertiste en alguien importante, y las personas importantes nunca se olvidan. Fuiste el soldado que no esperaba. Estoy deseando que el tiempo nos ayude a que este blog no sea como lo es hoy nuestro único hilo de comunicación. Confío de verdad en que así sea.
Y gracias a los que me leéis, me animáis con vuestros comentarios, y me ayudáis dejándoos ayudar. Aunque sólo haya sido una batalla, estoy seguro de que con un ejército así podré ganar la guerra.